CONTACTO
Esteban Andrés Suárez, logo Esteban Andrés Suárez, profesional 1993 - 2013

La Huerta de la Roza

Miércoles, 26 de Febrero 2014

Era un momento esperado que disfrutabas al máximo. Allí tomaban forma mis mejores recuerdos de infancia. Mes de julio hasta mediados de agosto, Bayas. Había hora de inicio, las siete de la tarde, pero nunca tres pitidos que señalasen el final

Lo marcaba la luz de un día que se marchaba con una pachanga que durante el día no veías el momento de que llegase y cuando la jugabas deseabas que se retrasase al máximo su final. Hierba seca que se dejaba crecer para las vacas. Daba igual el estado del terreno del prado y las dimensiones, que ya nos las ingeniábamos para delimitarlo y cortar eucaliptos para hacer las porterías.

Yo tenía 9 años pero la edad era lo de menos. Allí nos juntábamos desde niños hasta cincuentones. Era la Huerta de la Roza, el lugar donde se alimentaron mis sueños de portero.

Siempre fui portero, nunca probé como jugador de campo. Cada modelo nuevo de un guante era muy esperado. En aquellos tiempos no salían cada tres meses, como ocurre ahora. Se esperaba a las grandes citas para renovarlos. Me iba a Avilés, a la tienda de deportes Valentín del Río, donde tenían los guantes de todos los porteros. El Mundial de México trajo nuevos modelos y colores. Yo jugaba en el cole, el Santo Tomás. Fue en los partidos del interclases donde Isidro, profesor de educación física me vio. Rápido me hizo unas fotocopias de libros que tenía de técnicas de guardametas. Mi habitación quedó empapelada con hojas que ya sabía de memoria: como colocar las manos, técnica del portero bajo palos.... Cada recreo jugaba. Y no en patios ni canchas de fútbol como ocurre ahora. Jugábamos contra otros equipos en unos minutos que había que exprimir al máximo, con la misma ropa con la que acudía al colegio. No me extrañó que cuando con 12 años me vino a firmar el alevín del Avilés, la única condición que puso mi madre es que me lavasen la ropa.

En el prado tomaron forma mis mejores recuerdos. Esos partidos interminables. Colocar porterías, marcar el campo y establecer sus límites con ramas. Juntarse con gente de todas las edades en torno a una pelota. Hacíamos equipos que valían para todo el verano. Se mezclaba el nivel y todos los días nos enfrentábamos los dos mismos equipos. Triunfos y derrotas. Siempre una rápida opción de venganza. Cuando la noche caía tocaba escuchar a los mayores y sus batallitas. Muchas de la mili. El que no tenía para botas jugaba con sus playeras y alguno hasta brillaba con zapatillas de estar por casa. Un balonazo de un mayor era una lección. Una caricia, un poco de agua y a seguir. Esos si que picaban, los que recibías con balón de cuero auténtico y no como los que se fabrican ahora. Aprendí a no tener miedo, a disfrutar del fútbol y cuando pasé a jugar con niños de mi edad, ya les tenía cierta ventaja.

En el prado compartía equipo con mi primo Rober y me enfrentaba a mi hermano José. Estaba mi tío Manolo, Carlos, José Francisco, Iñaki, Santi o Pablo. A casa nos llevábamos los piques del fútbol, especialmente con mi hermano. La convivencia y el día a día los generaba. Siete años mayor que yo y siempre deseando marcarme. Eso sí, como ocurriese algo me defendía a muerte ante quien fuera y luego en casa se llevaba todas las culpas. Yo era el pequeño, el niño mimado, pero eso es parte de otro capítulo...

Volver